jueves, 7 de enero de 2016

30 días - 30 relatos/ Día 3

3.Si pudieras ir de vacaciones a cualquier lugar en el mundo, ¿a dónde irías? Usa detalles vividos y prosa para describir la experiencia que te gustaría tener.

Muchos piensan que las vacaciones comienzan en el momento que llegas al lugar… pero no es así, la aventura de viajar empieza desde mucho antes.

Siempre quise conocer París, la ciudad de luces. Quizá porque tan solo cuando pronunciaba su nombre, saboreando las sílabas con gula, podía hasta imaginarme el olor a café que inundaría ese lugar (no me pregunten por qué, pero en mi mente París huele a esa infusión)

Tal vez porque allí se encuentra la Mona Lisa y la Santa Cena juntos, en un hermoso museo digno de admirar desde afuera. Louvre (otro nombre que me encanta pensarlo, pero no decirlo porque sueno como retrasada) tal vez cuando fuese a París, tan solo me sentaría al atardecer a contemplar el museo iluminado.

O recorrer la ciudad en busca de historias. Todos tenemos esa idea romántica, trascendental y mágica que tiene París (tal vez solo sea imaginación mía… o simple construcción social) pero pienso que allá la comida sabrá mejor, las calles están más limpias y las librerías estarán más baratas.

La preciosa campiña francesa, donde proliferan los campos verdes, las iglesias masónicas y el cielo más claro. Estaría buscando el símbolo de la rosa por todas partes, inventándome sectas, secuestros y aventuras.

Pero supongo que jamás iré a ese lugar. No tanto por dinero, tiempo u obligaciones. No, jamás 
visitaré, recorreré ni visitaré ese París…


Por qué solo existe en mi mente. 

miércoles, 6 de enero de 2016

30 días - 30 relatos / Día 2

2.Abre un libro al azar y elige una línea. Usa esa línea como el comienzo de tu historia y continúa escribiendo. Escribe lo primero que se te venga a la mente y no lo revises.

 “Cumbres Borrascosas – Emily Bronte”

 —Te iba a contar todo esto, pero estás de muy mal humor y no mereces que lo haga. — sentenció tajantemente.
 —¿No lo merezco? — reaccionó ella inflando sus mejillas.

Él pensó que se veía adorable, pero se dio un golpe mental. Ya no eran tiempos para pensar en ella, ni sentir su calor, ni mucho menos ser su salvador. Jamás volvería a ser lo que eran antes.

 —Yo tan solo— replicó ella enfadada— tan solo quiero saber porque has dejado de hablarme.

 Él quiso reírse en su cara. ¿Dejado de hablar? ¿Es que para ella todo se reducía a lo que podía sentir? Siempre había sido así, demasiado egocéntrica para él. Extrañamente también le gustaba ese aspecto… pero ahora lo detestaba.

 —¿A qué te refieres exactamente? — contestó el chico desviando la mirada fingiendo molestia.

La frustración creció a niveles insospechados en la chica. Lo tomó bruscamente de la solapa de su camisa para acercarlo a su cara. Él volvió a sentir esas miles de mariposas, los nerviosos, las manos sudadas y la cara roja a punto de explotar. Pero no lo haría, ¡no lo permitiría! ¡Era demasiado! Alessia (el nombre de la chica aclaremos) siempre supo de sus sentimientos, de su amor incondicional y cariño eterno. Sin embargo… era demasiado para esperarla a que ella se decidiera. Eduardo no quería seguir esperándola.

 —Suéltame— bruscamente le soltó las manos.

Alessia se quedó de una pieza ante ese comportamiento.

 —Eduardo…— reclamó despacio.
 —¡De verdad detente! — explotó— ¡Te crees la séptima maravilla del mundo o qué!
 —¡Nosotros éramos amigos! — replicó la joven tragándose las lágrimas— eras mi hermano, mi caballero y pilar… ¡Como osas dejar de hablarme! ¡Dijiste que jamás me dejarías sola!
 —Idiota— susurró él.

 Esteban la observó por última vez. Y tomó una decisión que le partió el alma en dos. Era la única salida de ese laberinto doloroso en la cual los tres estaban involucrados. El novio de Alessia, ella y él.
—No pasa nada importante— dijo sin mirarla— solo que ahora he decidido que eres la persona que odio.

Ella se quedó aún más quieta.

 —Eso no…
 —¡Claro que sí! — le rebatió enfadado— ¡Es que me quitaras hasta ese derecho también, estúpida princesa malcriada!

Alessia no volvió a mirarlo. Su novio le compró otro regalo al verla tan triste. Y Esteban tan solo encendió otro cigarro más. Jamás se volvieron a encontrar.

martes, 5 de enero de 2016

30 días - 30 relatos/ Día 1

Mucho, mucho tiempo sin escribir como debiese. Para poder calentar los motores para este 2016 que recién empieza, he decidido tomar un reto en conjunto con mi hermana. Claro que ella dibuja y yo escribo x) Así que aquí tienen el primer día de 30 días - 30 relatos.

1. Comienza una historia con "Había una vez..."




Había una vez en una sala de clases ordinaria, un chico observaba por la ventana el mundo pasar. Siempre lo hacía sin saber muy bien el por qué. Cada día que pasaba esperaba ver a esa persona. Muchas veces escuchó de las bocas de sus compañeros el concepto de “enamorarse” “caer rendido” “amor a primera vista” pero él jamás lo había experimentado. Nunca vio a una chica que lo dejara atontado, sin habla y mucho menos rojo como un tomate maduro.

Alondra, su compañera de puesto, se sentó mirándolo de reojo. Como todos los días lo saludó solo con un gesto de la mano. Después sacó un enorme libro (como todos los días) y se dedicó a ello hasta que llegó la profesora.

El chico observó a Alondra de reojo. Ella siempre realizaba sus hábitos con prolijidad, sacaba buenas notas sin hacer alarde, siempre callada y concentrada en sus enormes libros. No era bonita (eso hasta él lo sabía) pero le gustaba acompañarla cuando leía callada. Era lo más estable de su vida… pero no tenía ganas de evocar su existencia.
Y en ese momento…

 — ¿Qué te sucede? — Alondra lo miró directamente a los ojos. Fue la primera vez que el chico vio sus expresivos ojos verdes.
— Nada… — respondió un poco confundido por la pregunta.

La joven lo observó por un segundo interminable y volvió a su libro.

Después de ese día Esteban jamás volvió a mirar por la ventana. Lo que hacía era esperar pacientemente a que Alondra llegase, para luego pretender que miraba hacia otro lado. La joven siempre le preguntaba todos los días si le sucedía algo, y el respondía lo mismo que el primer día que hablaron: “Nada”

Y un día Alondra no vino. Esteban la esperó pacientemente. Tampoco al siguiente, ni al subsiguiente. Al tercer día el chico decidió que no era suficiente solo esperarla. Decididamente (ni supo cómo) llegó a su casa.

Y ella fue quién abrió la puerta. A pesar de que estaba despeinada, en pijama y con la nariz roja de tanto resfriado… Esteban por primera vez entendió ese sentimiento que tanto le habían descrito. Ese pequeño, delicado y frágil rayo de luz que envuelve a la persona que te gusta, ese latir incontrolable y esas ganas desesperadas de querer protegerla a toda costa.

Ella preguntó:
— ¿Te sucede algo?

Y el tardó toda una tarde en responderle. Ella sonrió de vuelta ante tal testamento.
Tuvieron muchos días para responderse mutuamente.