viernes, 23 de septiembre de 2011

Extrañar



Me gusta extrañarte ¿sabes? Me encanta beber tus silencios y fumarme tus palabras. Igual que una extraña y maligna adicción. Extrañarte es igual a drogarme, encontrando tu esencia en los sueños de opio y canela.

Así me dan mas ganas de abrazarte cuando llegas a casa.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Soñar

Yo desde siempre soñaba con parecerme a mis ídolos. Tuve muchas etapas confusas donde anhelaba ser Poe. Otras tormentosas donde comparaba mi pobre poesía con Becker. Y la peor cuando descubrí a Gabriel García Marquez... simplemente imposible.
Entonces me cansé de estar triste por no ser un genio, y decidí estar contenta de al menos tener algo pequeño de talento. No tengo las cantidades industriales que ellos poseen, pero al menos tengo algo.
Y eso me hace sonreír en mis delirios.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Arde


Préndanme fuego, mi carne quemada,

Mi carne quemada, es menos frágil.

Sade entró a su casa. Era un lugar bastante sencillo, constaba solo de dos pisos. Las paredes eran de un color rosa, odiado por ella desde que lo vio en el muestrario de pinturas.

Pero al fin de cuentas, ella no tenía ni voz ni voto en ese lugar. Suspiró dirigiéndose a su habitación. Antes de eso dio un vistazo a su madre, la cual estaba en silla de ruedas, durmiendo con la televisión prendida.

Su rostro nunca estaba sereno. Su progenitora estaba en esa condición desde hace un par de años.

Observó también una pequeña nota. Era de la enfermera, quien se retiró temprano, a causa de un ataque de nervios. Que remedio, a su madre las cuidadoras siempre solían dejarla.

—¿Mamá?— susurró la joven.

—¿Qué pasa?— respondió bruscamente— ¡Odio despertarme y lo sabes! .— atacó de inmediato la mujer.

—¿Le has hecho algo a la enfermera?

—Nada… no he dicho nada que sea mentira.

La chica decidió ignorarla como todos los días.

Pero su madre parecía tener otros planes.

—Deberías darme de comer.

—¿Qué es lo…?

—¡No me des nada mejor!— la mujer lucía histérica— siempre has sido una molestia ambulante.— dio vuelta su silla.— me voy a mi pieza.

Y Sade no entendió porque aquel dialogo le quemó el alma por dentro. Estaba acostumbrada a los arrebatos de ira de parte de su progenitora.

Se dio la media vuelta, dispuesta a marcharse. Logró escuchar una replica de parte de ella, pero Sade no se amedrentó. Cerró la puerta con furia y decisión.

Comenzó a dar vueltas por la gran ciudad. No sabía hacia donde la dirigían sus pasos, pero verdaderamente no le importaba.

Estaba harta. De la ira de su madre. Que esta supiera precisamente como romperle lo poco y nada que le quedaba de corazón. ¿Acaso las madres no están hechas para amarte?

Pero no. La suya estaba programa para lanzar dardos venenosos. Siempre a la defensiva, dispuesta a dejarla hecha un guiñapo llorando en el rincón de su pieza. Mordiéndose los labios para seguir derramando lagrimas. Y cuando la dejaba en ese lastimero estado, ella decía que era por su bien. Sonreía y se alejaba de su lado.

Cuando su mamá quedo lisiada, la joven no supo como reaccionar. Aunque por dentro una risa, demente y locuaz quiso salir disparada, tan solo atinó a quedarse de pie, silenciosa y discreta.

Debido a lo costoso del tratamiento, su padre había cambiado a un trabajo donde tenía que viajar constantemente. Y cada vez que volvía su cariño se desbordaba en ella, en la madre en silla de ruedas. Siempre para ella, para la luz de sus ojos.

Y sin proponérselo estaba llorando de nuevo como una cría.

—¡Sade!

Esa voz la detuvo en medio de la acera.

—¡Qué haces por estos lugares tan tarde! ¡Estaba preocupado por ti!

Rafael. ¿Quién más? ¿Acaso a alguien, aparte de él, le importaba si estaba a salvo?

—¿Cómo me encontraste?

—Llamé a tu casa… nadie me contestó. Y yo pues…— tragó saliva nuevamente avergonzado.

—Rafael.

Él se sorprendió. Era la primera vez que decía su nombre de esa manera, como si por dentro algo estuviese roto, irremediablemente dañado.

—Dime

Besame.

El joven la miró extrañado. Sade le sostuvo la mirada, casi como si quisiera hechizarlo con sus oscuros ojos. Rafael sin quererlo tomó el mentón de la chica, para besarla con libertad. La chica se aferró a este gesto, devolviéndolo como nunca antes lo hizo. Tenía tanto que olvidar, tantas ganas de sentirse querida. Bajó sus barreras por ese pequeño instante, para sentir algo de la calidez que emanaba Rafael.

Se arrepintió. Nuevamente su naturaleza despertó de esa ensoñación. Ella no estaba hecha para querer a nadie en este mundo. Ni sus padres la habían querido alguna vez, era ilógico pretender que un ser así, podía ser amado y a la vez amar a alguien… bueno a Rafael en este caso.

Empujó al chico con fuerzas. Él la miró confundido.

—No me ames. Porque soy incompleta. No lo hagas… no te conviene.— fue la respuesta ante la mirada perdida de Rafael.

Se retiró en silencio. Hacia su casa, sin ganas de mirar a su madre otra vez.

Continuará.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Soy

No puedo dejar de escribir, aunque cuando lo haga sea una brújula sin dirección y sentido, apuntando al vació mas próximo. Pero prefiero ser eso, a sencillamente no ser nada.

martes, 6 de septiembre de 2011

Técnica

Técnica

“Y el solo piensa en comer, su fruta prohibida”

Habían vuelto algo cansados de su paseo por el muelle. A Sade le encantaba el mar, siempre cautiva por su color turquesa y su sensación de infinito. “Me alegra saber que existen cosas que no se acaban” había dicho, mas que para sí misma que para Rafael.

Estaban enfrente del pórtico de la casa del joven.

—¿Quieres…?— intentó modular Rafael, nuevamente ruborizado.

Pero Sade no terminó la frase. Sacó las llaves del pantalón del chico, entrando con soltura a su hogar. Como si fuera un gesto de años, y no de segundos antes.

Él intentó no reírse de esa actitud. Es que con ella, todo era tan excitante, tan nuevo y maravilloso.

—¡Vaya! Tu casa es grande— comentó ella.— ¿está arriba tu habitación?

Rafael asintió callado, desde el exterior. Entró a su casa, cerrando la puerta tras de si. Revisó por todos lados pero al parecer, su madre aun no llegaba del trabajo.

Subiendo por las escaleras, el chico siguió los pasos de ella. La encontró revisando su pieza con bastante curiosidad. Se apoyó en el dintel, esperando a que la chica notara su presencia. Sade se percató, dándose la vuelta sin sentirse para nada avergonzada.

—¿Eres así con todo el mundo?

—No— respondió ella.— Nunca había entrado en las habitaciones con quienes salgo. Es una manía.

“Eso significaba acaso… que esto no era algo” pensó Rafael preocupado. Ella lo observó, sonriendo de buena gana.

—Me siento segura contigo—dijo— extrañamente segura.

Él la abrazó por la cintura. Cerró los ojos y deposito suavemente un beso en la clara mejilla de Sade. Acto seguido se arrepintió de su "proeza".

—Y eso es... ¿todo?

Rafael abrió los ojos, visiblemente avergonzado. Carecía de todo tipo de experiencia, tanto amorosa como física. Para ser honor a la verdad, lo más cercano a una atracción, aparte de esta fatalidad que sentía por Sade, fue un vistazo indecente mientras su mejor amiga se bañaba en su casa. Pero como siempre, se arrepintió a ultimo minuto, conformándose con esperarla en su pieza.

La chica de la mirada oscura volvió a sonreír. Es que los chicos como Rafael, según su experiencia no existían. Y era la primera vez que estaba contenta por equivocarse.

Una genial idea entonces cruzó por su cabeza.

El chico frunció el seño algo confundido. Aún así obedeció a Sade sin decirle nada.

Ella entonces se sentó de lado sobre las piernas de él. Rafael sintió de inmediato que se le aceleraba el pulso, comenzando a sentir un intenso carmín apoderarse de sus mejillas. Ella estaba feliz, adoraba tener el control y saberlo a su merced.

—Aprende bien— susurró quedando cara a cara con él— así se besa a una chica.

Depositó sus labios en los de Rafael. Él se quedó congelado, parecía que en cualquier momento el corazón le saldría por la garganta. Inseguro a pesar de ello, con sus dedos atrapó nuevamente la cintura de Sade.

Mientras tanto ella no conforme con un beso tan casto, movió sus labios esperando la reacción de este. Rafael entonces, al fin comprendió lo que debía hacer. Siguió el lento pero profundo ritmo del beso que Sade le estaba enseñando.

Ella elevó la pasión de sus movimientos, convirtiéndolo en un beso cargado de lujuria. Él se rindió, alejándose de ella por la falta de aire.

—Has resistido bien al primer asalto— la joven volvió a sonreír— ¿qué tal?

Rafael se quedó estático, observándola fascinado. Nunca había vivido una experiencia tan excitante como esta. La cual estaba dispuesto a repetir mientras le quedase vida. Le sonrío copiandole ese gesto descarado característico de ella.

—Pues que la práctica hace al maestro— la tomó del mentón besándola de nuevo.

Continuará